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La forma más conocida de la leyenda de San Jorge y el Dragón es la hecha popular por la “Legenda Aurea”, y traducida al Inglés por Caxton. De acuerdo con ella, un terrible dragón había destrozado todo el campo alrededor de la ciudad de Libia, llamada Selena, haciendo su guarida en una ciénaga pantanosa. Su aliento causaba pestilencia cada vez que se aproximaba a la ciudad, por lo que la gente le daba al monstruo dos ovejas cada día para satisfacer su hambre, pero, cuando la oveja fallaba, era necesaria una víctima humana y se hacían sorteos para determinar la víctima. En una ocasión el sorteo recayó sobre la pequeña hija del rey. El rey ofreció toda su fortuna para comprar un sustituto, pero el pueblo se había prometido que no serían permitidos sustitutos, y por lo tanto la doncella, vestida como una novia, fue llevada al pantano. Ocurrió que San Jorge cabalgaba por el lugar, y preguntó a la doncella que hacía, pero ella le urgió a dejarla a menos que él también quisiera morir. El buen caballero, sin embargo, se quedó y, cuando apareció el dragón, San Jorge, haciendo la señal de la cruz, bravamente lo atacó y lo atravesó con su lanza. Entonces pidiéndole a la doncella el cordel que llevaba en la cintura (un incidente en la historia que podría tener algo que ver con la elección de San Jorge como patrono de la Orden de la Liga), se lo ató alrededor del cuello al monstruo, y acto seguido la princesa pudo conducirlo como a un cordero. Regresaron entonces a la ciudad, donde San Jorge le ordenó a la gente que no tuviera miedo sino que solamente fueran todos bautizados, tras lo cual cortó la cabeza del dragón y toda la gente del pueblo fue convertida. El rey le habría dado a Jorge la mitad de su reino, pero el santo le respondió que debía seguir cabalgando y le pidió al rey que mientras tanto tuviera buen cuidado de las iglesias de Dios, honrara a los clérigos, y tuviera compasión de los pobres. La primera referencia de tal episodio en el arte puede probablemente ser encontrado en una vieja lápida Romana en Conisborough en Yorkshire, que se considera que data de la primera mitad del siglo doce. Aquí la princesa es representada como ya en las garras del dragón mientras un abad se halla parado al lado y bendice a quien va al rescate.
Extracto de la Enciclopedia Católica
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