Hace muy poco tuve la ocasión de estar con una serie de colegas que se dedican a este tipo de investigación en unas jornadas sobre evolución humana que se efectuaban en Murcia. Coincidí con mi amigo Camilo José Cela Conde, de la Universidad de las Islas Baleares en Palma de Mallorca, quien expuso, entre otras aportaciones, el contenido de su última publicación en el 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (PNAS), de Estados Unidos.
En ese texto explica cómo su equipo, utilizando la magnetoencefalografía, ha podido contrastar que en la parte del cerebro denominada córtex prefrontal dorso lateral izquierdo es dónde los humanos capturamos la belleza del exterior.
Lo han comprobado con una muestra de mujeres, puesto que éstas retienen mucho mejor las imágenes que los hombres y tienen más sensibilidad operativa. Para evitar introducir variables sexuales se les ha sometido a pruebas visuales de obras artísticas impresionistas y postimpresionistas, así como a paisajes urbanos y rurales. El resultado es que la parte del cerebro mencionada aumentaba su actividad eléctrica.
Este dato nos da una información interesante sobre la evolución de nuestro género, el Homo. Las primeras pruebas de arte conocidas en el registro arqueológico tienen una antigüedad de entre 450.000 y 200.000 años; son esculturas en piedra como las de Tam-tam en Marruecos y Berekhat Ram en Israel, además de los grabados de Bilzingsleben en Alemania. Sabemos, pues, que ya existe pensamiento simbólico en el Pleistoceno medio, sin embargo el arte no se socializará hasta los 35.000 - 40.000 años de la mano del Homo sapiens.
Es lógico pensar que para llegar a tener en el cerebro una estructura que capture la belleza y desarrolle el pensamiento abstracto ha tenido que pasar mucho tiempo. La belleza ha sido seleccionada positivamente, lo que indica que tuvo que tener una función importante en el proceso de adaptación de la humanidad. Seguramente, las capacidades de pintar, esculpir y grabar sirvieron para incrementar la sociabilidad de nuestra especie.
Sabemos que los primates no disponen de capacidad para captar la belleza. Aunque se ha humanizado a algunos chimpancés para que pinten, lo que hablamos va más allá de los trazos que un animal pueda llevar a cabo sobre un soporte.
Podríamos decir que la belleza es un producto y una adquisición humana. Son los físicos que ven en ella una fórmula matemática de la verdad. No sé si será así, pero las matemáticas son tan bellas como la Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, cuando cultivamos la mente gracias al conocimiento y el pensamiento humano.
Eudald Carbonell Roura es director del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES) y codirector del Proyecto Atapuerca.
La historia no es tan sólo cuestión de fechas
¿Aprender historia y practicar inglés a la vez?



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