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27.1.10

Pueblos del Mundo: Miembro de la Viking Jarl Squad en las celebraciones del Up Helly Aa Festival, Shetland Islands (Escocia)



El Up Helly Aa es un festival que se viene celebrando en las islas escocesas Shetland desde hace aproximadamente 130 años. Dicho festival rememora el pasado vikingo de estas islas.

Uno de los actos centrales de estas celebraciones consiste en una procesión de centenares de guerreros vikingos (como el de la foto), armados con vistosos escudos, cascos y hachas de guerra, que arrojan antorchas encendidas a réplicas de barcos vikingos. Una vez en llamas, los barcos son dejados a la deriva en el mar.

Sin lugar a dudas, algo digno de ver si a uno no le importa la cruda temperatura invernal escocesa...

The Big Picture le dedica un reportaje fotográfico que sólo puedo calificar de espectacular...



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26.1.10

Ultimos días en Viena...



Visto en El Mundo.es

¿'Auf Wiedersehen', Vermeer?

Un único cuadro, 'Alegoría de la pintura', de Johannes Vermeer (1632-1675) conforma la exposición con la que el Kunsthistorisches Museum de Viena parece querer rendir un definitivo tributo al inquietante genio holandés. ¿Se trata de un adiós al lienzo?

La obra, de 130 X 110 centímetros, no es sólo la joya holandesa que completa los fantásticos fondos de la pinacoteca vienesa; también es la única obra que el museo posee de Vermeer. No es tan poco. El maestro de Delft dejó sólo 37 lienzos.

Ahora, la 'Alegoría de la pintura', también llamada 'Taller del artista'. podría estar preparándose para un cambio de domicilio. La obra ha sido reclamada por una familia austriaca con ramificaciones judías, los Czernin. Y la muestra del 'Kunst' huele a que sus antiguos propietarios tienen ganado el pleito.

La trayectoria del lienzo ha sido complicada desde que salió del taller del pintor en 1675. El Conde Rodolfo Czernin lo compró en 1804 al hijo de Swieten, un médico de origen holandés que trabajaba para la emperatriz Maria Teresa. Desde entonces, la 'Alegoría' decoró las paredes del salón del palacete de los Czernin en el centro de Viena.

Hasta que llegó Hitler. El Führer, pintor frustrado, se encaprichó con el cuadro y lo compró por 1,6 millones de marcos alemanes. Una venta que fue forzosa, dicen hoy los herederos. A cambio de aceptar una venta que no deseaban (a precio de amigo), la familia evitó los campos de concentración. La segunda mujer de Jaromir Czernin, Alix May, era judía. Hoy, sus descendientes siguen viviendo en Viena y no sueltan prenda sobre sus intenciones.

Pintada hacia 1664, la 'Alegoría' lleva expuesta al público desde 1946, cuando fue transferida por las tropas norteamericanas al museo de Viena. Desde entonces, la luz del interior del taller del pintor de Delft empezó a viajar por medio mundo. Tras una laboriosa restauración a finales de los años noventa, hizo escala en Madrid en 2003. Dos años mas tarde a Japón apesar de las advertencias de deterioro que hicieron los expertos.

Desde 2008, el lienzo tiene prohibida la salida del museo por razones de 'salud'. Pero el 2010 será un año crucial para el cuadro ya que el Estado austriaco determinará definitivamente, siguiendo siempre los veredictos de una comisión de expertos, si se devuelve o no el lienzo a los Czernin.

La muestra resalta cada uno de los legendarios objetos que conforman el cuadro: el mapa de los Paises Bajos con sus 17 provincias en la pared, la lámpara con el águila bicéfala, la cortina que convierte al espectador en un 'voyeur', la joven musa con su corona de laurel azul... Cada pieza merece un estudio individual. Microscópicos aumentos de la textura de la pintura utilizada , intentan dar respuesta a los enigmas que rodean la técnica pictórica del artista.





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8.1.10

Vasili Grossman, en el frente... Se publican los reportajes de guerra del autor de 'Vida y destino' y la novela 'El pueblo es inmortal'

Leído con deleite en El País


Vasili Grossman picó piedra durante años en la cantera de la guerra real antes de escribir Vida y destino, la epopeya sobre la sociedad rusa y la batalla de Stalingrado que algunas reseñas han definido como un Guerra y paz del siglo XX. Esa novela escrita en 1960 está, como suele decirse, "basada en hechos reales": los hechos, las observaciones sobre el terreno, que recoge un volumen recién publicado. Años de guerra (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) incluye una novela propagandística de 200 páginas (El pueblo es inmortal); varios reportajes sobre diferentes frentes de combate; un detallado informe sobre la organización y procedimientos de exterminio en el campo de Treblinka, primer documento o uno de los primeros documentos en publicarse sobre la técnica de la Shoa (El infierno de Treblinka); y retratos y perfiles de soldados y oficiales destacados en el combate, desde el acerado general Rodimtsev, hasta el famoso francotirador Chejov, un asesino de precisión diabólica que Grossman nos presenta como un aplicado estudiante y ejemplo a seguir, dado que la causa es buena: "Salió de la escuela de francotiradores con la calificación de sobresaliente, el número uno de su promoción".

Y como esa simpatía de Grossman por el ejecutor tiene lógica, y como se nos informa de que antes de decidirse a disparar a su primer blanco humano "Chejov estuvo cuatro minutos observándole sin mover un solo músculo. Esa extraña sensación de indecisión es conocida por todos los francotiradores antes de su bautismo de fuego", parte del interés de estas crónicas de guerra está en que invitan al lector a pensar y ver transitoriamente con esa lógica.

Desde que los ejércitos alemanes desencadenaron la Operación Barbarroja, la conquista de la URSS, en 1941, y hasta la destrucción y toma de Berlín, Grossman estuvo presente como corresponsal de guerra en todos los frentes escribiendo crónicas para Estrella Roja, órgano de información y propaganda del ejército soviético. Esto ya habla con elocuencia de los límites de la autenticidad de estas páginas. En ellas, el soldado ruso, como emanación de las maravillas telúricas del suelo y el pueblo, es por naturaleza sencillo, bueno y valiente.

Efectivamente, numerosos testigos cuentan que los soldados rusos de la II Guerra Mundial, "la gran guerra patria" según la denominación oficial soviética, eran de una fortaleza colosal y de un valor temerario. En los primeros pasos de la invasión, los soldados que tenían fusil iban delante al combate y detrás les seguían otros con las manos vacías y el ojo avizor para ver dónde caía abatido algún compañero para arrebatarle el arma y seguir combatiendo. A Grossman le admiran las hazañas heroicas de las que es testigo y siente curiosidad por el origen de tanto valor. "Unos dicen que la valentía es el olvido de sí mismo, y que esto sobreviene con el combate. Otros cuentan que al realizar hazañas heroicas sintieron un miedo inenarrable y que solamente la fuerza de voluntad y su capacidad para saber dominarse les conminó a levantar la cabeza e ir al encuentro de la muerte. Otros sostienen: 'Soy valiente porque tengo la convicción de que no me matarán'. El capitán Koslov... me decía que él, por el contrario, es valiente porque está convencido de que han de matarlo y por eso le da lo mismo morir hoy que mañana. Muchos consideran que el origen de la valentía es la costumbre... La mayoría piensa que es el sentimiento del deber, el odio al enemigo... Otros dicen que son valientes porque creen que en el combate les están observando sus amigos, sus parientes, sus novias...".

Estas disquisiciones interesantes, reunidas durante un momento de descanso en la batalla, se prolongan todavía unos párrafos más, pero Grossman se olvida o juzga prudente olvidar -en aquellas fechas todavía no era el desengañado del credo comunista- otras dos causas. La primera, que Stalin había cursado una orden personal de fusilar de inmediato al soldado que retrocediera sin recibir previamente orden de hacerlo. (De modo parecido sostuvo Pétain la moral de combate de la tropa francesa en las trincheras de Bélgica durante la primera guerra). La segunda, el hecho psicológico de que la lucha contra el invasor, y contra un invasor tan cruel y despiadado, era la ocasión de los rusos para reconciliarse con la patria, aparcando el conocimiento de lo que ésta venía haciendo con ellos.
Narrador sobrio, preciso, eficaz, el periodista Grossman no pierde el tiempo en denostar al enemigo con adjetivos innecesarios dada la magnitud y atrocidad de los hechos. Como en Vida y destino, en Años de guerra los capítulos sobre el heroísmo y sacrificio de los soldados en la defensa de Stalingrado y sobre la indefensión y el miedo de los judíos al llegar a Treblinka son aquellos en que mejor despliega sus grandes facultades de observación y su capacidad de transmitir su empatía con los que tanto sufrieron.


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